Queramos o no nuestras heridas nos llevan….sin que podamos tener voluntad sobre ellas.
Se entronan en nuestra psique, toman el mando y nos llevan a su dolor una y otra vez si no las miramos y atendemos reconociéndolas, y sobre todo amándolas.
Las heridas son roturas, separaciones, desgarros que siempre suceden en nuestras zonas más tiernas y en los momentos más inesperados y de más fragilidad, especialmente en la etapa tierna de la infancia.
Estas heridas pueden convertirse en grietas abismales donde el vacío y el sinsentido siembran los sentimientos depresivos y neuróticos con los cuales nos identificamos, quedando tocada nuestra identidad esencial. Entramos en el letargo que surge de olvidar lo que somos, nuestra verdadera esencia.
Cuando estamos en la herida nos sentimos desgarrados, cercanos a la muerte porque no podemos darnos el derecho a existir, no somos nada y el desamor se instala en cada una de nuestras células.
La herida que no es atendida se hace más profunda llevándonos a las actitudes que creemos la acallan y la anestesian. Actitudes autodestructivas brotan desde una herida no vista ni atendida.
Sin embargo, a través de las grietas que dejan las heridas se hace posible que entre la luz del alma para expresar su voz ahogada en el peso de nuestra soberbia e ilusión del control.
La herida nos recuerda nuestra humanidad a través del único sentimiento que abre el corazón, la vulnerabilidad. Es éste un sentimiento temido y asociado a la debilidad que descartamos y desterramos al exilio de nuestra profundidad inconsciente.
Sin embargo, ese destierro no cura nuestras heridas que siguen sangrando a través de los patrones viejos y limitadores.
La herida encierra, paradójicamente, la llave a la vuelta a nuestro hogar en la célula primaria del Ser que somos.
¿Queremos saber quiénes somos? ¿Queremos dotar a la vida de significado? Comienza por tu herida, por dónde la vida te duele.
Entonces, entraremos de nuevo en la inocencia, que es la tierra donde puede nacer de nuevo la vida auténtica que llevamos dentro.